OPINIÓN: La tediosa demonización del videojuego

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El continuo afán de los sectores de siempre por repetir el mantra del mal que suponen los videojuegos ya cansa.

El Ministro de Propaganda del III Reich, Joseph Goebbels, estableció 11 principios con los que llevar a cabo una efectiva propaganda de la ideología nazi. Entre ellos, figura el principio de la orquestación, uno que destila la idea de que la propaganda ha de limitarse a una cantidad reducida de ideas que se deben repetir hasta la extenuación aunque se plasmen de maneras distintas. Repetir, repetir, repetir y repetir hasta conseguir que, por ejemplo, una mentira se convierta en realidad.

Por muy conectado que esté a una ideología tan denunciada como la del tercer reich alemán, este mecanismo es algo que tiene una eficacia comprobada. De hecho, llevamos años siendo testigos de su uso, aunque ni siquiera nos demos cuenta. Estamos inmersos en una red de mentiras que no hacen más que manipular la realidad a su antojo, de una forma que a veces recuerda a lo que ya predecían Los Simpsons (tenía que hacerlo), para que vayamos por el camino que unos quieren que sigamos.

¿Por qué digo esto? Por ese reportaje que la gran mayoría de los que leéis esto seguramente hayáis visto. El enésimo intento de demonizar a los videojuegos se ha manifestado en una pieza audiovisual de una cadena pública que ha vestido el argumento de siempre con un traje distinto. Ahora, con la aprobación de la OMS, se quiere extender a los cuatro vientos que los juegos crean adictos, y que estos pueden ser realmente peligrosos.

Que estamos ante una situación que puede adquirir tintes críticos, que las personas afectadas no son conscientes de lo que hacen, que las familias sufren por esos hijos enganchados frente a la pantalla, que hay grupos de terapia desviviéndose por arreglar esta gran crisis que afecta a tantos hogares. Perdería la cuenta recogiendo esas frases con las que tratan de demostrar esa peligrosa amenaza mientras buscan que el espectador se lleve las manos a la cabeza; pero, la verdad, ya ni siquiera me apetece.

Podría pararme a señalar la falsedad del argumentario que se coloca sobre la mesa, a explicar cómo el joven entrevistado ha explicado la manipulación realizada sobre sus declaraciones, cómo en esas sesiones de Proyecto Hombre siempre se daban cuenta de que el auténtico problema no era ese aislamiento, sino un problema de fondo normalmente vinculado al núcleo familiar. También podría lanzarme de lleno al barro y explicar bien qué significa realmente el término hikikomori que lanzan con total banalidad. Pero ya hay compañeros que lo han hecho, y de forma perfecta.

Recuerdo cuando lo más grave que se decía al respecto de esta industria era que "se te iba a poner la cabeza cuadrada de tanto jugar", o que "tanto tiempo frente a la pantalla te dejaría sin amigos". Recuerdo también al legendario Josué Yrión gritando "demonio", "lobo", "infierno" y demás lindeces mientras aseguraba que "los nintendos" eran la herramienta del maligno, que estábamos esclavos del mal y acabaríamos ardiendo por jugar a cosas como Resident Evil.

Por aquel entonces uno incluso llegaba a reírse viendo lo histriónico de aquello, pero el tiempo no borra esos discursos y la situación no cambia. De hecho, cada vez va a peor. Tan solo hay que echar un vistazo más allá de nuestras fronteras, a ese país donde rompen discos de juegos mientras venden armas al público, donde creen que tener piedras a mano puede ser la solución en uno de tantísimos y peligrosísimos tiroteos escolares. No hay intención de cambiar para mejor.

Me daría vergüenza defender tales ideas durante tanto tiempo. Tratar de vender que el videojuego, algo que está demostrando un potencial ilimitado en tantísimos terrenos, se ha convertido en un medio artístico más, es lo peor que puede pasarle a una familia. Pero más vergüenza me daría hacerlo ofreciendo siempre una idea tejida para esconder los problemas que si son serios, un absurdo abordado de tantas perspectivas diferentes.

Antisociabilidad, violencia, adicción... Da igual el prisma con el que quieran enfocarlo, al final, todos esos discursos de hipocresía vestida de responsabilidad no son más que la más clara manifestación de aquella estrategia que definía Goebbels en el siglo XX, de un sector encabezonado con echar balones fuera y lanzarlos todos sobre el mismo tejado para intentar que este se hunda.

Miedo. Quizá esa sea la auténtica razón por la que siempre escuchamos lo mismo y del mismo sitio. Miedo a un medio con una capacidad de expresión ingente. Miedo a afirmar que la industria del videojuego es un fenómeno imparable y que, en el fondo, forma parte de un movimiento digital que está fagocitando a lo más tradicional. Puede que realmente los videojuegos sí que sean el lobo y que sus orejas estén asomando en la distancia de esos que quieren tumbarlo a pedradas, que no son capaces de levantar un poco más la mirada y dar varios pasos atrás para retractarse.

Y no sé vosotros, pero a uno ya el paso del tiempo le hace ver estas cosas como el intento desesperado de clavar la etiqueta del mal en esta industria. No se hace más que buscar un nuevo argumento para continuar con esa demonización del videojuego, para perpetuar la misma mentira con la esperanza de hacer que se convierta en realidad. ¿Y sabéis qué? Ya aburre. Ya cansa ver la enésima excusa con la que desviar la mirada y evitar que el público levante la cabeza para comenzar a alzar la voz ante otros problemas que sí son críticos.